PIAZZA SAN MARCO Venezia apareció entre la niebla como una ciudad que respira lento.El vaporetto avanzaba por un canal que parecía un espejo agitado, y Rebeca era la primera en bajar, empujada por una energía que no sabía contener. —¡Mirad esas fachadas! ¡Y ese azul! ¡Y ese olor! —iba señalando todo, como si la ciudad necesitara una narradora urgente. Luis la seguía con calma entrenada.Pedro trataba de no caer en cada puente húmedo.Diana, con la pierna vendada, caminaba detrás: sin prisa, sin queja, sin ser llamada. Marco no estaba.Había vuelto a Florencia por trabajo, y sin él el grupo parecía un acorde al que le faltaba una nota. Venezia, luminosa incluso empapada La ciudad era un torbellino: niños con máscaras de cartón, turistas con ponchos amarillos que se pegaban al cuerpo, tenderos que gritaban ofertas imposibles, góndolas que rozaban los muros y dejaban un eco sutil. Una cafetería expulsaba olor a café fuerte.Un músico callejero afinaba mal.Un gato cruzó con la dignidad de quien conoce todos los secretos del agua. Rebeca continuaba hablando como si el mundo dependiera de su velocidad. —¿Habéis visto ese escaparate? ¡Me muero! ¿Cuánto falta? ¿Pedro, puedes mirar el mapa sin contármelo? Diana, ¿te duele? No, […]
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