Continuación del universo gótico de Las vidrieras rojas.
En Encaje Marchito, la luz roja de aquellas vidrieras vuelve a filtrarse en una casa heredada, donde una profesora de yoga descubre que el aire también puede poseer.
Un relato gótico urbano de belleza decadente, respiración y encaje.
Las vidrieras han vuelto a respirar.
Capítulo II. La respiración ajena. | Relato gótico urbano
Siempre me gustó el color rojo.
No el rojo brillante de los labios, sino el otro: el que vibra bajo la piel, el que parece tener pulso.
Mi nombre no siempre fue este.
Me lo puse en un viaje a la India, hace casi diez años, cuando creí que cambiar de nombre sería una forma de cambiar de cuerpo.
Allí, entre templos, polvo y humo, alguien me llamó “Alma” durante una meditación.
Me gustó cómo sonaba: breve, limpio, como una respiración.
Y lo adopté, sin pensar demasiado.
Con el tiempo entendí que un nombre también puede ser una puerta.
Mi hermana Ángela dice que el rojo me obsesiona.
Ella siempre ha sido de blancos: ropa blanca, paredes blancas, pensamientos blancos.
Dice que el blanco limpia.
Yo creo que el rojo recuerda.
Quizá por eso me hice profesora de yoga: no para alcanzar la calma, sino para contener algo que nunca se iba.
Desde adolescente sentía el cuerpo en tensión, como si respirara para alguien más.
El yoga fue mi intento de domesticar esa rigidez, de aprender a vaciarme.
Pero pronto descubrí que la respiración no sólo libera: también invoca.
El estudio ocupa el salón principal de la casa modernista que heredé de mi padre.
Él nunca quiso vivir allí.
“La casa vino de un pariente muerto, de esos de los que no se habla”, decía.
Cuando murió, me dejó las llaves.
Era 2025 y pensé que la respiración podía purificarlo todo.
Las baldosas son neumáticas del siglo XIX, frías y porosas, con dibujos geométricos que parecen moverse bajo la luz.
A veces, al pisarlas descalza, tengo la sensación de que ceden un poco, como si guardaran aire o memoria bajo su superficie.
El olor del incienso nag champa llena la sala.
Es un aroma denso, envolvente, mezcla de sándalo, flor de champaca y resina dulce.
Huele a templos, a espiritualidad gastada por las manos humanas.
Durante un tiempo me tranquilizaba, pero ahora, cuando lo enciendo, el humo no sube: desciende, retorciéndose como si algo lo aspirara desde el suelo.
El yoga, en esencia, es una conversación con la respiración.
Inhalas: el aire entra y abre espacio.
Exhalas: sueltas lo que no sirve.
El cuerpo se alinea con el ritmo de algo más grande, y por un instante crees que hay orden en el mundo.
A eso lo llaman pranayama: controlar el prana, la energía vital.
Dicen que el aire no es sólo aire, sino espíritu.
Y que al respirar, uno toca lo invisible.
Pero aquí, en esta casa, el aire no se purifica.
Se carga, se espesa, se vuelve casi líquido.
Siento que lo que soltamos en cada clase no se va, sino que permanece, acumulándose entre las paredes como una marea invisible.
—Inhala —digo.
El aire entra caliente, con un leve sabor a metal.
—Exhala, suelta lo que no te pertenece.
Y lo que sueltan no se disuelve: flota, cae, se hunde.
Las baldosas vibran, un pulso lento, casi imperceptible, como si respiraran.
Durante la relajación final, los cuerpos descansan abiertos.
El silencio tiene textura.
El perfume del nag champa se mezcla con otro olor más fuerte, floral y podrido: el del vestido de encaje blanco que dejé en el balcón de mi piso.
Los alumnos respiran al mismo ritmo, un aire denso, profundo, colectivo.
No parece humano.
Cierro los ojos y repito el mantra So-ham —yo soy eso—.
El eco me devuelve otra palabra.
Otra.
Yo soy otra.
Las baldosas se ablandan bajo mis pies, como si palpitara algo debajo.
El calor me sube por las piernas, me alcanza el pecho, la garganta.
No puedo exhalar.
Me arde el diafragma.
El cuerpo se curva sin mi permiso.
Y entonces, desde el fondo de la sala, se oye un crujido: algo respira fuera del ritmo.
La clase termina como un sueño roto.
Nadie dice nada.
Cuando se van, el humo sigue girando en espirales.
En el suelo, junto al zócalo, algo brilla: un fragmento de vidrio rojo.
Lo recojo.
Está caliente.
Late una vez.
El perfume del vestido llena la sala.
Salgo corriendo.
No cierro la puerta.
El aire exterior es plano, sin vida.
Pero algo me sigue, invisible, respirándome en la nuca.
Al llegar a mi piso, el olor dulzón me recibe antes que la luz.
El vestido sigue colgado en el balcón, blanco, inmóvil, resplandeciente.
El viento lo roza, pero la tela no se mueve.
Entonces la bombilla parpadea y el aire cambia.
El olor se espesa, como si el perfume se volviera sólido.
El encaje se contrae, se tensa.
Un sonido sale de dentro, húmedo, como un suspiro.
El vestido respira.
La bombilla estalla.
Oscuridad.
El pasillo vibra bajo mis pies, las baldosas exhalan aire caliente.
Intento inhalar y no puedo.
El pecho me arde.
El silencio se llena de un latido que no es el mío.
Corro.
Bajo las escaleras descalza, con el corazón golpeando en la garganta.
El edificio respira detrás de mí, como si me despidiera.
En la calle, el aire es helado, sin olor, pero algo dentro de mí sigue latiendo.
Vuelvo arriba sin saber por qué.
Arranco el vestido del balcón.
La tela me corta la palma.
Lo meto en el asiento trasero del coche.
El perfume llena el habitáculo, mezcla de nag champa y sangre dulce.
Arranco.
Conduzco hacia la casa.
La radio enmudece; el parabrisas se empaña con una respiración invisible.
Al llegar, la puerta se abre sola.
Entro.
El aire dentro es cálido, espeso, húmedo.
Las vidrieras rojas proyectan su luz líquida sobre las paredes.
Dejo el vestido bajo la vidriera central.
La tela se extiende sola.
Por un instante creo que el color que la cubre es sólo un reflejo.
Pero no lo es.
Empieza en las mangas: un rubor leve.
Después en el pecho, en el encaje del dobladillo.
El blanco se vuelve marfil, luego rosa, y finalmente rojo.
Rojo oscuro.
Rojo vivo.
Rojo que respira.
La tela late, absorbe la luz, bebe el aire.
Me arrodillo.
Las baldosas frías ceden bajo mis rodillas, como si recordaran cada respiración.
El olor del nag champa se vuelve más denso, casi metálico.
El vestido palpita frente a mí, del color de una herida abierta.
Inhalo.
La casa inhala conmigo.
Y mientras el vestido se tiñe por completo, comprendo que he traído a casa algo que no sólo me seguía.
Algo que me esperaba.
Si leíste Las vidrieras rojas, reconocerás el reflejo.
Descubre aquí su historia original →https://marianox.es/las-vidrieras-rojas/relato-de-misterio-psicologico-capitulo-1-las-llaves-del-olvido/
4 ideas sobre “Encaje marchito- Capítulo II”
Ufff brutal María, me encanta esa gran alusión a las vidrieras rojas. Felicidades.
¡Qué alegría leer eso! 😍 Me alegra mucho que te haya gustado esa parte; las vidrieras rojas tienen un simbolismo muy especial para mí. Gracias de corazón por tus palabras. ❤️
Me encanta el relato y como has ido hilando la historia del vestido y la alusión a las vidrieras rojas ,exquisito
Me alegra muchísimo que te haya gustado y que hayas percibido ese hilo entre el vestido y las vidrieras rojas. Está hecho con mucho cariño. ❤️