Continuación del universo gótico de Las vidrieras rojas.En Encaje Marchito, la luz roja de aquellas vidrieras vuelve a filtrarse en una casa heredada, donde una profesora de yoga descubre que el aire también puede poseer. Un relato gótico urbano de belleza decadente, respiración y encaje. Las vidrieras han vuelto a respirar. Capítulo II. La respiración ajena. | Relato gótico urbano Siempre me gustó el color rojo.No el rojo brillante de los labios, sino el otro: el que vibra bajo la piel, el que parece tener pulso.Mi nombre no siempre fue este.Me lo puse en un viaje a la India, hace casi diez años, cuando creí que cambiar de nombre sería una forma de cambiar de cuerpo.Allí, entre templos, polvo y humo, alguien me llamó “Alma” durante una meditación.Me gustó cómo sonaba: breve, limpio, como una respiración.Y lo adopté, sin pensar demasiado.Con el tiempo entendí que un nombre también puede ser una puerta. Mi hermana Ángela dice que el rojo me obsesiona.Ella siempre ha sido de blancos: ropa blanca, paredes blancas, pensamientos blancos.Dice que el blanco limpia.Yo creo que el rojo recuerda. Quizá por eso me hice profesora de yoga: no para alcanzar la calma, sino para contener algo que nunca […]
#Marianox
El aire flotaba tibio, incierto.Abril, y sin embargo, el sol deslizándose por los tejados como en junio: con esa luz inclinada que no exige, que solo se posa.Una primavera anticipada, sí. No por error, sino por deseo. La ciudad celebraba Sant Jordi.Las calles, abiertas como libros, respiraban palabras y flores.Había un murmullo leve de pasos, de páginas, de voces que se ofrecían sin apuro.Una alegría antigua que no necesitaba ser explicada. Entre la gente, caminábamos nosotros tres.Virginia, Bram y Edgar.Tres caminos distintos, entrelazados por los libros, las conversaciones, las raíces.No era costumbre. No era coincidencia. Era elección.Nos habíamos encontrado en lo esencial. Virginia, catalana, caminaba con la familiaridad de quien reconoce cada plaza, cada acera, como parte de su historia.Había crecido allí, entre librerías y flores envueltas en papel rústico.Y aunque el mar no se veía, la brisa llegaba desde lejos, y ella sabía que estaba cerca.El mar, en su tierra, no se mira: se intuye. Se respira entre calle y calle, como un fondo constante. Pero en ella también habitaban otras raíces.Una familia llegada del sur, de campos extremeños y patios andaluces.Lo notabas en algunas palabras, en su manera de escuchar, en cómo se emocionaba cuando el viento olía […]