LAS VIDRIERAS ROJAS – CAPÍTULO 10

Los túneles

Alicia cayó de rodillas.
Samuel la sujetó antes de que tocara el suelo por completo.
Pero no estaban a salvo.

Porque no estaban fuera.
Aún no.

El mundo que los recibió era un pasillo largo y curvo, con paredes lisas como carne vieja.
No piedra.
No metal.
Algo intermedio. Algo vivo.

Los túneles no eran parte del mausoleo.
Eran parte del sistema.

Cada paso resonaba como si caminaran dentro de un cuerpo que no quería soltar lo que había gestado.

—¿Dónde estamos? —murmuró Samuel.

Alicia no respondió.
Lo sabía. Lo había sentido antes:
en sueños,
en fiebre,
en su infancia.

Ese lugar era donde nacían las cosas que nunca debieron ser.


Y entonces empezó.

Un susurro. Uno solo.
Como un aliento contenido:

Mamá…

Luego otro:

Mamá.

Y luego todos a la vez.

No eran voces humanas.
Eran recuerdos rotos intentando sonar como niños.
Intentando ser llamados.
Intentando ser cuerpo.

Pequeñas siluetas flotaban cerca del techo, como luciérnagas enfermas.
No lloraban. Gemían.
Algunas brillaban intermitentes, como si quisieran encenderse y apagarse al mismo tiempo.

Eran intentos.
Los que no llegaron a ser.
Fragmentos de las gestaciones fallidas que Iván provocó antes de Alicia.

Y ahora… la sentían.
Sabían que ella había salido bien.
Sabían que estaba completa.


Una de las sombras descendió.
No tenía ojos, pero se orientaba por la pena.
Se pegó al pecho de Samuel.

Y lo cruzó como un suspiro cargado de memoria.

Samuel se encogió.
Un latido más fuerte.
Una exhalación de miedo.

Alicia…

Ella lo tocó.
La sombra seguía allí.
No era una presencia. Era un hambre.

Y entonces lo entendió:
Si lo dejaba, si no los alejaba, la llenarían.

No por maldad.
Por deseo.
Deseaban nacer.
Deseaban cuerpo.
Deseaban madre.

Y Alicia estaba viva.
Estaba hecha para ser canal.
Aún lo era.


El túnel vibró.
Las paredes se agrietaron con un sonido húmedo.
Como si algo inmenso despertara bajo sus pies.

Un zumbido recorrió todo.
No un rugido.
Un susurro colectivo.

El sistema no dormía.
El sistema no los quería fuera.

Y tras las almas hambrientas,
el Fijador abrió los ojos.


Las sombras retrocedieron.
Como si entendieran que lo que venía ya no les pertenecía.

Del fondo del túnel emergió una figura alta, envuelta en placas rotas de vidrio negro.
Su cuerpo no tenía carne, pero sí forma:
una estructura de huesos cristalinos sostenía la silueta de un hombre.

Caminaba sin dejar sonido. Solo presión.
Como si su sola presencia desplazara el aire.

Su rostro era una máscara.
De Iván.
No exacta, pero suficientemente parecida como para herir.


Y cuando habló, lo hizo con muchas voces:
La de su padre.
La de Alicia niña.
La de una enfermera que había llorado en otro tiempo.
La de una mujer rota:

El sistema no odia. El sistema guarda.
Lo que duele, se fija.
Lo que se fija, no se pierde.
¿No es eso lo que querías?


Alicia se puso delante de Samuel.
Él respiraba agitado.
Algo en su pecho palpitaba distinto, como si el vidrio que lo había contenido siguiera vibrando dentro.

Tú no eres mi padre —murmuró ella.

¿No?
Yo lo construí todo.
Yo te soñé.
Yo fabriqué el espacio donde pudiste amar.
¿Y ahora lo destruyes… por un niño que nunca supo sostenerse?


Samuel se estremeció.
Bajó la mirada.
Las voces se filtraban en él.
Lo llamaban por su número.
Por su diagnóstico.
Por su llanto:

Paciente 31.
Registro defectuoso.
Contención emocional inestable.
Transferencia incompleta.

No los escuches —dijo Alicia, apretando su mano—.
No eres un número.

Pero Samuel temblaba.

No sé si soy real fuera del dolor…
Quizás solo soy lo que quedó.
Si salgo… ¿qué soy sin el dolor?


Alicia lo miró.
No como a una promesa.
Lo miró como a alguien que había sido invisible demasiado tiempo.
Como a un superviviente…
que aún no sabe que lo es.

Porque aunque se apague… quiero que sea libre.
Si lo dejo aquí… me convierto en ellas.
En todas las que no pudieron.
En todas las que callaron cuando debían gritar.


El Fijador se detuvo.
El vidrio de su rostro crujió.

Por un segundo,
algo en él pareció recordar lo que había sido humano.

No gritó.
Se quebró desde dentro.
Como si la ternura lo hubiese alcanzado… demasiado tarde.
Y algo, dentro de él, aulló.

Le temblaban las manos.
No de frío.
De saberse demasiado cerca de perderlo todo.

Y aún así,
su mano seguía caliente en la de Samuel.
Eso bastaba.


Lo tomó de la mano.
Corrieron.

Y detrás,
el monstruo del sistema rompía el mundo con cada paso.

El túnel se cerraba.
Pero no con piedra.
Con todo lo que Alicia se negó a olvidar.


Y entonces, lo vieron.

La casa.

No como promesa.
Ni como refugio.
Estaba allí.
Igual a como la recordaban.

Pero más pequeña.
Más gastada.
Como si también ella hubiese estado esperando… demasiado tiempo.


Samuel cayó de rodillas.
Alicia lo sostuvo.
Ambos lo reconocieron al mismo tiempo:

No era hogar.
Era el olor del encierro.
La huella tibia de todo lo que no debieron recordar tan jóvenes.


El Fijador había salido del sistema.

No con violencia.
Con destino.

Sus dedos —más grieta que carne— rozaron el marco de la puerta.
Como quien entra pidiendo permiso… o perdón.

Alicia no retrocedió.
No porque no tuviera miedo.
Sino porque, por un segundo,
sintió que el Fijador también quería dejar de serlo.


Entró en la casa como quien vuelve a un lugar que ayudó a construir.

Y entonces comprendieron:

El final no sería huida.
Sería regreso.

Y en esa casa, por fin,
alguien tendría que mirar lo que no quiso ver.

Y entonces,
el eco se volvería voz.
O grieta.
Pero no olvido.

Porque el eco…
aún temblaba en sus manos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *