LAS VIDRIERAS ROJAS – CAPÍTULO 6

Capítulo 6: El origen del miedo

Antes de que se cerrara el portón, su madre se agachó frente a él. La luz de la mañana le temblaba en las manos, pero su voz era firme, como si contara un cuento que ya había vivido.

—Escúchame, Sam. No todos los miedos están para ser evitados. Algunos solo vienen a recordarnos quiénes somos.

Él bajó la vista, con el libro apretado contra el pecho. Su madre se lo había dado sin una palabra. Solo lo deslizó en su abrigo como quien deja una brújula en el bolsillo de un náufrago.

—Puede que, algún día, veas a una chica de pelo rojo. Una niña, una mujer… o algo entre ambas. No la conozco. Pero sé que hay personas que aparecen para sostenernos cuando estamos por caer. Y ella… será una de ellas para ti.

Samuel no preguntó cómo lo sabía. A esa edad, uno aún cree en las verdades que vienen con voz de madre.

—No temas si no entiendes. Solo… fíate de ella.

Y entonces lo besó en la frente. Sin prisa, como si dejara un recuerdo que aún no había ocurrido. Después, solo quedó el sonido del hierro cerrándose entre ellos.


A Samuel no le quedaban lágrimas. Solo temblores sordos cuando el portón del sanatorio se cerró tras él, como una sentencia dicha sin palabras. La voz de su madre, la maleta, el libro… todo quedó del otro lado del hierro.

Pero algo dentro de él sí se rompió cuando le arrancaron el libro.

Aún conservaba el olor de ella: tierra húmeda, lavanda seca, algo remoto y cálido. Cuando se lo arrebataron, no lloró. Solo sintió que se apagaba una última llama que lo mantenía unido al mundo.

Era delgado, con la piel pálida y los ojos oscuros de quien ya ha visto demasiado. No dijo su nombre. Ni su edad. Solo entregó un papel escrito a mano por su madre: “Padece lagunas. No recuerda mucho. A veces tartamudea. Pero es tranquilo.”

Era mentira, claro. Una mentira para salvarle. La última que ella pudo regalarle.

Lo dejaron en una habitación sin ventana. Las paredes sudaban humedad. El olor a desinfectante rancio se mezclaba con algo más denso, como si alguien hubiera cocido sopa de secretos. Como si el edificio intentara disimular su verdadera piel.

Desde allí, Samuel comenzó a escuchar cosas que no sabía nombrar.

No eran voces. Eran respiraciones detrás de las paredes. Susurros entre las cañerías. Sombras que no caminaban, pero se deslizaban.

Él no hablaba. Solo dibujaba. Siempre el mismo símbolo: una espiral dentro de un ojo. Los médicos lo anotaban como conducta obsesiva.

Una noche, volvió a soñar con una niña pelirroja sentada en un banco oxidado. La dibujó en la pared, con carbón, cuando nadie lo miraba. No sabía su nombre. Pero sabía que un día estaría ahí.

El director del sanatorio —el padre de Alicia— vio el libro entre sus cosas y frunció el ceño.

—¿Quién te dio esto?

Samuel bajó la mirada.
—No lo recuerdo.

—¿Sabes lo que hay aquí?

Samuel asintió. Aunque no lo sabía del todo.

El director lo hojeó como si escarbara entre restos. —Solo tonterías. Historias para mentes débiles. Lo sostuvo un segundo más, con desdén casi clínico, y se lo llevó sin mirar atrás.

Samuel nunca volvió a verlo.

Pasaron semanas. O meses. El tiempo, en ese lugar, no tenía bordes.

Cada vez que soñaba con la niña, la veía más clara. A veces con un lazo rojo. A veces rodeada de vidrieras encendidas.

Una noche, despertó con una frase completa en la mente: “Los hilos que no se ven, no se rompen.”

No sabía de dónde la había sacado. Ni por qué le dolía tanto no recordarla.

Otra noche soñó con una casa. No con el sanatorio. Otra casa. Más viva. Más rota. Respiraba como un animal dormido, bajo capas de tierra y olvido.

En el sueño, un pasillo descendía en espiral. Las paredes estaban cubiertas de baldosas manchadas y vitrales apagados. Y al fondo, una frase escrita en humo: “Los caminos antiguos no son solo para huir. A veces, conectan lo que aún no ha pasado.”

Se despertó con el cuerpo helado y los pies manchados de polvo. Había caminado en sueños. Lo sabía.

Durante el día, volvió a la sala de fisioterapia. Se sentó junto a una pared sin ventanas. Allí, siempre sentía un soplo de aire, casi imperceptible.

Tocó los azulejos. Uno estaba suelto. Con un gancho que escondía, hizo palanca.

Detrás, una cavidad estrecha. Oscura. Metió la mano. Hierro podrido. Pared húmeda. Y algo más: respiración.

Y un susurro. Leve. Como si llegara del otro lado del tiempo.

Vidrieras apagadas. Un lazo rojo ondeando sin viento, como si aún recordara una muñeca que lo llevó. Y el eco de su propio nombre… dicho por una voz que no conocía, pero esperaba.

Más tarde, encontró un plano en una carpeta olvidada. No era del sanatorio. Era del subsuelo. Una galería subterránea, trazada en 1930, que unía el Sanatorio Les Valls con una antigua residencia médica: la casa del padre de Alicia. Una línea recta. Marcada con una sola palabra: “Confidencial.”

Esa noche, volvió al hueco. Retiró otro azulejo. El aire ya no era tibio. Era reconocible.

La casa. El olor a mosaico viejo. Y esa electricidad suave que solo sentía cuando soñaba con ella.

No lo dijo. No hacía falta.

El túnel lo llamaba.

Y por primera vez desde que había llegado, Samuel tuvo miedo. No del túnel. De lo que ya sabía que le esperaba al otro lado.

La mañana siguiente fue distinta.

Samuel fue llevado otra vez al jardín. El banco oxidado. El musgo. La luz triste.

Pero esta vez, alguien ya estaba allí.

Una niña. Pelo rojo. Semirrecogido. Vestido claro. Mirada baja.

Estaba sola, pero no tenía miedo. Sentada con la espalda recta, las piernas colgando. Como si esperara algo que aún no sabía cómo nombrar.

Samuel se detuvo en seco.

No era la primera vez que la veía. Era la primera vez que no soñaba.

La del banco. La del lazo rojo que aún no existía.

Su garganta se cerró. No por susto. Por certeza.

No sabía cómo se llamaba. Pero sabía que, desde ese momento, su historia estaba ligada a la suya. Como una página escrita con tinta invisible, esperando ser revelada.

Y sin quererlo, sus labios susurraron su nombre:

—Alicia.

Ella no lo oyó. O tal vez sí.

Porque, por un instante, giró la cabeza. Y sonrió. No como quien saluda. Sino como quien recuerda algo que aún no ha ocurrido. Y mientras sus ojos se cruzaban, Samuel supo —aunque no podía explicarlo— que el tiempo no siempre avanza, y que aquel encuentro… ya había sucedido en otro lugar del alma.

¿Qué haremos ahora?

Alicia siente una vibración en el túnel. Decide avanzar sola hacia el cementerio.

El sonido de su nombre la detiene. Vuelve sobre sus pasos para enfrentarse al origen: la trampilla por la que descendió.

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