LAS VIDRIERAS ROJAS – CAPÍTULO 7

Capítulo 7: El sendero de los ecos

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El túnel respiraba.

Alicia sentía cómo las paredes se hinchaban y contraían en un ritmo antiguo, como si la tierra misma conservara un corazón latente.
El lazo rojo en su muñeca parecía sincronizarse con ese pulso, vibrando leve pero constante.

Dio un paso.

El crujido bajo su bota resonó en el pasadizo, y por un instante, juraría haber escuchado otro paso detrás del suyo.
No se giró.
Sabía —sin saber cómo— que mirar sería peor.

El aire era denso, saturado de humedad vieja, óxido, descomposición.

La linterna tembló en su mano, proyectando sombras vivas en las paredes.
Y entonces, en uno de esos parpadeos, las vio.

Las vidrieras rojas.

Reflejos imposibles derramados sobre las piedras:
rosas rotas, espirales de sangre, ojos entrecerrados.

No eran alucinaciones.

Eran señales.
Un sendero.

Cada destello carmesí marcaba una dirección incierta, más viva cuanto más miedo sentía.

El lazo rojo palpitó contra su piel, como empujándola hacia adelante.

«Si doy un paso más, ya no hay vuelta atrás,» pensó.

Apretó el lazo.

Y avanzó.


Los sonidos surgieron de la oscuridad como raíces vivas:

  • Llantos desgarrados.
  • Explosiones apagadas por la distancia.
  • Voces quebradas llamándola desde algún abismo olvidado.

Entre ellas, la imagen de Samuel se formó:

Un niño pequeño, abrazado a un libro, buscando su mirada como quien busca un faro en medio de la tormenta.

«¿Qué estoy buscando esta vez?»

La respuesta vibraba en sus huesos:

Algo que ni el miedo ni la muerte pudieron destruir.


El túnel desembocaba en una caverna inmensa.

Un cementerio subterráneo.

Cruces partidas, lápidas astilladas, epitafios devorados por la humedad.
El olor a tierra removida llenaba el aire.

En las grietas de las tumbas, los reflejos de las vidrieras rojas persistían:
como brasas que se negaban a apagarse.

Alicia avanzó un paso.

Y entonces lo vio.

Al borde de su visión —en la esquina más rota de la penumbra—, una sombra se movió.

No caminaba.

Deslizaba su forma informe entre las tumbas, demasiado baja, demasiado errática para ser humana.

Un susurro seco acarició su oído, apenas audible, un arrastrar de sílabas descompuestas:

«Alicia…»

Su nombre.
Pronunciado por una voz que no era voz, sino tierra y piedra y hueso.

El frío le atravesó la espalda como una estalactita viva.

Su aliento se condensó frente a ella en una nube temblorosa.

Su instinto gritaba que regresara.
Que huyera.

Que olvidara.


A su izquierda:
El pasaje de raíces, la casa, el refugio de lo conocido.

A su derecha:
El cementerio abierto como una herida palpitante.

El miedo le paralizó los músculos por un segundo eterno.

El suelo pareció inclinarse bajo sus pies, como un abismo que se abría para tragarla.

«No estoy preparada,» pensó.

Pero entonces sintió el lazo.

Vibrando.
Ardiendo.
Recordándole quién era.

Y en ese instante, en la garganta misma del miedo, el susurro verdadero llegó:

«El amor no muere. Solo cambia de forma.»

No fue una voz humana.
Fue una promesa grabada en su piel.

La oscuridad no desapareció.

Pero aprendió a caminar con ella.


Alicia cerró los ojos un instante.

Recordó las risas, los libros, los reflejos de un amanecer imposible en las vidrieras rojas.

Cuando los abrió, el mundo no era menos oscuro.
Pero ella era más fuerte.

Apretó el lazo rojo.

Y dio un paso hacia el cementerio.

El crujido del suelo sonó como un latido.

Luego otro.

Y otro más.

La sombra seguía allí, observando, esperando.

Pero Alicia ya no era la misma niña perdida.

Porque llevaba consigo todas las promesas que la muerte no pudo quebrar.

Y mientras avanzaba entre las lápidas rotas, una certeza brotó luminosa dentro de ella:

«Lo que parecía roto aún podía ser salvado.»

Este relato vive de quien lo lee… y de quien lo siente.

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3 ideas sobre “LAS VIDRIERAS ROJAS – CAPÍTULO 7”

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