Capítulo 3: La Memoria de la Tierra
El sonido de la trampilla al cerrarse sobre ella fue más seco de lo que esperaba. Un portazo enterrado. Durante unos segundos, la oscuridad fue total. El vaho de su propia respiración se le pegó a la cara como una segunda piel.
Tanteó en busca de la linterna. La luz fue débil al principio, temblorosa. Iluminó una galería estrecha, de apenas metro y medio de ancho, con paredes de obra viva y ladrillo antiguo. El techo era bajo y la obligaba a inclinarse. A lo largo de un lateral, una zanja profunda recogía agua estancada.
A cada paso, el aire cambiaba. Olía a tierra viva, pero también a algo antiguo, médico. Como éter marchito.
El mapa temblaba en su mano. Una línea clara salía desde la casa y serpenteaba hasta el cementerio. Otra, tachada, llevaba hacia el sanatorio. Sintió que el pulso se le aceleraba sin motivo aparente. O quizá con demasiados motivos.
Algunos tramos del pasillo se curvaban en escuadra, obligándola a detenerse. El eco de sus propios pasos rebotaba en las paredes como si alguien la siguiera a dos segundos de distancia.
Una palabra susurrada cruzó su mente sin previo aviso: «Refugio». Y luego otra: «Paciente». Pero no venía de fuera. Venía de adentro. Como si algo en su cuerpo empezara a recordar antes que su cabeza.
Los ladrillos parecían haber sido marcados por el tiempo con huellas que no eran solo de humedad. Algunas paredes tenían nombres grabados. Fechas. Códigos. En una esquina, alguien había escrito con carbón: «31».
Sintiendo un cosquilleo en la nuca, se giró de golpe. Nadie.
Caminó. La galería se bifurcaba. A la izquierda, un pasaje estrecho con olor a humedad reciente. A la derecha, una galería más alta, con lámparas oxidadas colgando del techo como cuerpos suspendidos. El mapa marcaba la segunda como la vía hacia el cementerio.
Avanzó.
El silencio era total. Pero no era un silencio muerto. Era un silencio que respiraba con ella. Que contenía algo.
Y entonces lo recordó. No como se recuerda una historia, sino como se recuerda un golpe.
El chillido de una alarma. Una fila de cuerpos agachados. Una mano que la empujaba desde atrás: «Corre».
Y ella, pequeña, pelirroja, bajando por ese mismo pasadizo.
No sabía si era un sueño, un recuerdo implantado o una verdad hundida.
Al llegar a una curva, vio una puerta de hierro oxidada. Ya conocía ese número. Lo había leído en los papeles, visto en la ficha. Pero allí, en el metal, era distinto. No era un dato: era un lugar. El número 31 estaba grabado en relieve. Lo rozó con la yema de los dedos.
—Treinta y uno —susurró.
Del otro lado de la puerta, una voz, seca, gastada:
—Presente.
La palabra flotó en el aire como si no la hubiera pronunciado una voz humana, sino la propia piedra, harta de guardar silencio. No era un saludo, ni una respuesta habitual. Era una confirmación. Un reconocimiento. Como si alguien —o algo— hubiese estado esperando que ella regresara para ocupar el lugar que le correspondía.
Su cuerpo se congeló. El eco no venía de la memoria. Venía del más allá de la puerta.
La galería seguía, ligeramente descendente. La tierra cambiaba de textura. Más suelta. Más viva.
Allí abajo, aún quedaban cosas por enterrar.
Y otras, por desenterrar.
Dio un paso más, sintiendo que el túnel se abría hacia un pasillo más ancho. La luz de la linterna rozó la curvatura de un arco de ladrillo.
Un leve movimiento en el aire le acarició el rostro. Como si alguien hubiese exhalado.
Entonces, al fondo, una silueta.
No estaba allí un segundo antes.
De pie. Inmóvil. Con la cabeza ladeada, como quien reconoce a alguien que esperaba ver.
Era él. El hombre que la observaba desde la calle. Ahora no había ventana entre ellos.
Y seguía mirándola.
Detrás de él, la pared estaba marcada con el mismo número: 31. Pero esta vez, junto a una fecha: 1938.
Sintió un escalofrío. Sabía esa fecha. El último gran bombardeo.
La ficha indicaba “Paciente 31”. Pero aquí… aquí parecía haber sido otra cosa. Una cifra. Una más entre los que no salieron.
Tal vez no eran dos historias distintas. Tal vez era la misma. Y ella nunca había salido del túnel.
Tras él, más allá de la silueta inmóvil, el túnel se abría en una estructura inesperada: un arco de piedra clara, antiguo, casi ceremonial, con un canal central por donde el agua aún goteaba lentamente.
No era una puerta. Era una garganta. Una boca. Como si la tierra también necesitara tragar.
Ella no lo había recordado hasta entonces, pero esa entrada… esa forma… la había visto antes.
Mucho antes.
¿Qué hará ahora?
- Acercarse al hombre y atravesar la estructura de piedra, aunque presienta que no hay vuelta atrás.
- Esperar en silencio, ocultándose tras el muro, y observar lo que él hace.
- Dar un rodeo por una galería lateral, buscando otra forma de alcanzar la boca sin ser vista.
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6 ideas sobre “LAS VIDRIERAS ROJAS – CAPÍTULO 3”
Hola, María, que se acerque al hombre. Quiero saber más, qué pasó. Qué nervios.
Estoy completamente hionotizada así aunque todo mi cuerpo grita hasta quedarse ronco que corra y me aleje, no puedo y me muevo lentamente sin apartar la vista de ese hombre, necesito saber más.
Hola María, la protagonista me recuerda mucho a ti, es como si te viera.
Yo creo que aunque tenga mucho miedo, se acercará…
Gracias!
Me emociona mucho que veas algo de mí en la protagonista, porque sin duda hay pedacitos míos en ella.
Y sí… aunque el miedo pese, a veces la intuición y el corazón nos empujan a dar ese paso.
Gracias a ti por sentir la historia tan de cerca y compartirlo conmigo
Acercarse al hombre 😊
Aunque llego tarde a estos capitulos y sin saber que hara , de las 3 opciones tiene pinta que el personaje solo tiene 1 opcion , Que es acercarse al hombre , vamos a ver a donde nos lleva ? lets gooo..