LAS VIDRIERAS ROJAS – CAPÍTULO 5

Capítulo 5: Donde nadie busca a los niños

Alicia aprendió a desaparecer sin que nadie lo notara. Y lo hizo tan bien, que ni el tiempo supo seguirla.

Sabía qué baldosas neumáticas no hacían ruido. Cuándo los relojes del ala norte marcaban el cambio de turno. Cómo caminar sin levantar sospechas entre los ecos del sanatorio. Era una niña que no pesaba. Porque así dolía menos.

El sanatorio era hermoso por fuera, y frío por dentro. Las paredes eran de mosaicos color marfil, suaves al tacto pero heladas como manos sin pulso. El aire olía a desinfectante mezclado con comida hervida, una mezcla imposible que se pegaba a la garganta. Y a lo lejos, entre los tubos de calefacción y las paredes gruesas, siempre se oían gritos. Gritos que no sonaban a dolor, sino a desesperación antigua.

Alicia no tenía miedo. Solo una certeza: alguien tenía que cuidar del silencio.

Su madre dormía muchas horas. A veces con los ojos entreabiertos. Alicia se sentaba a su lado y le contaba historias inventadas: cuentos con ventanas que hablaban, con casas que respiraban, con niñas que encontraban puertas invisibles cuando todos creían que no había salida.

Su padre nunca las escuchaba. Para él, la historia era un pasatiempo, y su hija, una futura señora.

Ella no discutía. Solo leía.

Y una tarde, encontró el libro.

Estaba en el archivo antiguo, detrás de un armario con cinta médica cruzada en forma de equis. No debía abrirlo. Por eso lo hizo.

Entre carpetas sin nombre, una biblia sin tapas y planos de reformas canceladas, estaba aquel cuaderno sin autor, sin ilustraciones, con páginas amarillentas y un título escrito a mano:

“La casa que aprendió a respirar”

No tenía capítulos. Solo frases sueltas, colocadas como pensamientos olvidados. Frases que no explicaban… pero hacían recordar.

Ese día, antes de bajar al patio interior, lo abrió por una página nueva. Decía:

“En la sala más alta, las vidrieras respiran con el corazón del que aún recuerda.
Y cuando se olvida, el rojo arde.
Como un lazo que nunca se soltó del todo.”

Alicia tocó su muñeca. Aún no llevaba el lazo. Pero la sensación sí estaba.

Cerró el libro. Y descendió por los pasillos de piedra. Los que no tenían relojes. Solo tiempo estancado.

El patio interior era su refugio. No tenía flores. Solo un banco oxidado que parecía llevar esperando a alguien desde hacía demasiado tiempo, una fuente vacía, una parra enroscada en sí misma, y una luz que parecía tener miedo.

Allí estaba él.

Samuel.

No jugaba. No hablaba. Solo estaba.

Dibujaba en la pared con la uña. Símbolos, letras incompletas, números del revés. Sus dedos temblaban ligeramente, pero el trazo era firme. Como si recordara algo que aún no había vivido.

—Hola —dijo Alicia.

Él no se giró.

—No vengas mucho —dijo—. Las cosas que se repiten se quedan.

Ella no entendió. Pero volvió.

Día tras día.

Él dibujaba. Ella escribía. Compartían ese banco oxidado, y un silencio que no pesaba.

A veces ella le leía frases del libro. Una tarde dijo:

—“Algunas casas respiran más que sus habitantes.”

Samuel la miró con atención.

—¿Eso lo piensas tú?

—Lo leí. Pero sí. Me parece verdad.

—A mí también —dijo él—. Aunque da miedo.

Un día, Alicia llevó el lazo rojo. No sabía por qué. Solo lo necesitaba.

Samuel lo vio. No dijo nada. Pero antes de marcharse, se inclinó y lo ató con un nudo diferente. Más firme.

—Si un día no recuerdas cómo volver, tira —susurró—. Y si estoy cerca, lo sentiré.

—¿Y si no estás?

—Entonces… quizás alguien más tire. Pero no sabrá por qué.

La última vez que lo vio, Samuel no dibujaba.

Solo la miró, con los ojos llenos de tiempo. Como si ya supiera que la historia no terminaba ahí.

Al día siguiente, el banco estaba vacío. Sobre él, una piedra negra.

Y en la pared, escrita con la uña, una sola palabra:

“Presente.”

Desde entonces, cuando el mundo se volvía estrecho —cuando su madre no despertaba a tiempo, cuando las sirenas sonaban en la ciudad, cuando la casa parecía más viva que los vivos—, Alicia pensaba en ese lazo.

Y a veces, justo antes de dormirse, sentía un tirón.

No fuerte. No brusco.

Solo… cierto.

Alicia no hablaba con los pacientes. Su padre decía que era peligroso, que no debía mezclarse. Y, hasta entonces, ella había obedecido. Al menos… eso creía.

Y entonces, Alicia recordaba otra frase del libro:

“Los hilos que no se ven, no se rompen.”

¿Qué capítulo quieres leer a continuación?

🔸 Opción 1: Descubrir el origen del miedo.
Acompañar a Samuel en su llegada al sanatorio. ¿Qué lo trajo hasta allí? ¿Qué recuerda? ¿Qué no?

🔸 Opción 2: Entrar en su mente.
Ver el mundo desde los ojos de Samuel niño: las voces, los dibujos, la sensación de que la casa lo observa…

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