Capítulo 5: Donde nadie busca a los niños Alicia aprendió a desaparecer sin que nadie lo notara. Y lo hizo tan bien, que ni el tiempo supo seguirla. Sabía qué baldosas neumáticas no hacían ruido. Cuándo los relojes del ala norte marcaban el cambio de turno. Cómo caminar sin levantar sospechas entre los ecos del sanatorio. Era una niña que no pesaba. Porque así dolía menos. El sanatorio era hermoso por fuera, y frío por dentro. Las paredes eran de mosaicos color marfil, suaves al tacto pero heladas como manos sin pulso. El aire olía a desinfectante mezclado con comida hervida, una mezcla imposible que se pegaba a la garganta. Y a lo lejos, entre los tubos de calefacción y las paredes gruesas, siempre se oían gritos. Gritos que no sonaban a dolor, sino a desesperación antigua. Alicia no tenía miedo. Solo una certeza: alguien tenía que cuidar del silencio. Su madre dormía muchas horas. A veces con los ojos entreabiertos. Alicia se sentaba a su lado y le contaba historias inventadas: cuentos con ventanas que hablaban, con casas que respiraban, con niñas que encontraban puertas invisibles cuando todos creían que no había salida. Su padre nunca las escuchaba. Para […]
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