La pulsera roja arde en mi muñeca como si guardara un fragmento de luz, como si de algún modo pudiera atrapar el sol y llevarlo conmigo.Al fondo, el faro espera.No importa si llego hoy, mañana o nunca: su luz me alcanza igual.Quizá por eso lo busco, no para tocarlo, sino para seguir viéndolo. Este blog de literatura —desde septiembre— será así: sin calendario fijo, sin compás marcado, como el mar que a veces se agita en terror y a veces se abre en emoción; siempre sincero, más natural, más de corazón. En Las Vidrieras Rojas, la pulsera era un escudo: sostenía un sistema vídrico que retenía las emociones, impidiendo que se rompieran.Hoy late con la misma misión mientras camino hacia mi faro, protegiendo todo lo que he vivido, todo lo que aún no puedo nombrar.Porque ir al faro y llevar la pulsera son lo mismo: avanzar con todo lo que soy y todo lo que guardo. El mar respira lento; yo respiro con él.Cierro el puño y siento el metal calentarse en mi piel.No es un pulso contra nadie, sino contra la pausa, contra el olvido, contra todo lo que intenta apagar la luz. En ese latido regresan Iván y […]
bajolapieldelaciudad
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