Salí del cine con la sensación de haber atravesado algo que no me pertenecía del todo y, sin embargo, se había quedado en mi cuerpo, como si me hubieran confiado un dolor antiguo que ahora late despacio, sin prisa por irse. Había un silencio espeso cuando se encendieron las luces, uno de esos que no incomodan, pero pesan; me noté las manos frías, la garganta cerrada, y durante unos segundos me quedé sentada sin moverme, como si levantarme significara traicionar algo que aún estaba ocurriendo dentro de mí. Pensé en lo extraño que es hacer las cosas al revés. Haber leído Hamlet hace tantos años, casi sin memoria ya, y entrar aquí sin haber tocado la novela de Maggie O’Farrell, como si hubiera llegado tarde a una conversación que en realidad me estaba esperando. Una amiga me dijo que esta película era para mí. Lo dijo sin dramatismo. Y tenía razón, de una forma que todavía me incomoda admitir. No recuerdo la historia como algo ordenado. La recuerdo como se recuerdan los sueños que duelen: por fragmentos que no encajan del todo pero que se sienten verdaderos. El cuerpo de Agnes en el bosque, tan unido a la tierra que […]
#PaulMescal
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