Abrí el libro creyendo que iba a recordar una historia; terminé recordando a alguien que ya no soy del todo. Me lo regaló una amiga especial, convencida de que, por alguna razón que yo aún no alcanzaba a ver, esta historia era para mí. Y hay algo inquietante —y muy hermoso— en que alguien te entregue un espejo antes de que tú sepas que necesitas mirarte en él. La edición venía de la que muchos llaman la librería más bonita del mundo, la Lello en Oporto. No era un libro cualquiera: tenía ilustraciones originales, un prefacio de Luis Onofre, y ese cuidado casi artesanal de los objetos que parecen hechos para quedarse. Quizá por eso el peso en las manos era distinto. Noté el peso del ejemplar antes de leer la primera línea. Era un peso limpio, como si no perteneciera del todo al presente. Olía a papel nuevo, pero debajo había otra cosa, algo más antiguo, como cuando abres un cajón y no sabes si lo que sale es olor o memoria. Estaba sentada, sin prisa, y de pronto sentí esa incomodidad leve que da empezar algo que sospechas que no es nuevo aunque no sepas por qué. Quizá […]
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