Queridas hijas, Hoy, mientras la tarde cae lenta y la casa guarda ese silencio cómodo de las cosas bien vividas, me viene a la mente un hombre que bien podría ser un personaje de novela, aunque él nunca lo pretenda. Es un hombre de ahora, de carne y hueso, que camina por estos días nuestros, y que, sin buscarlo, enseña con cada gesto. Es un hombre que nunca está quieto. Parece que lleva en sus pies la urgencia de quienes saben que el mundo es demasiado vasto para quedarse en un solo lugar. Le imagino, como tantas veces, con sus hijos en el coche, la ventanilla bajada, y en el radiocasete suena Mike Oldfield, las notas de Tubular Bells flotando en el aire, mientras recorren carreteras secundarias rumbo a la estación, para ver cómo los trenes parten con su estruendo habitual, o buscando un descampado desde donde observar cómo los aviones cortan el cielo. Lo curioso es que, pese a moverse siempre, nunca parece agotarse. Siempre tiene algo entre manos, algo nuevo por aprender, algo por construir, sin esperar que nadie venga a enseñárselo. Es, en esencia, autodidacta: de los que encuentran respuestas en los libros, en el trabajo bien […]
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