Mi madre cose.No por entretenerse. No por llenar el tiempo.Cose como se cuida algo que importa.La tela en sus manos avanza sin ruido. El hilo, fino, seguro, atraviesa el día. Yo no aprendí a bordar.Lo mío eran los cuadros de medio punto. Seguir el dibujo impreso, puntada a puntada, confiando en que el sentido llegaría al final.Nos sentábamos juntas en la terraza del jardín.Ella con su bastidor.Yo con mi labor entre las manos.Y más allá, en la quietud, el limonero.Inmóvil. Fiel.Como ciertas cosas que no hacen falta nombrar. Las tardes eran lentas.En la cocina, el arroz con leche se enfriaba en cuencos de loza.A veces hablábamos.A veces no.El silencio también era nuestro. Leíamos.Mi madre me dejaba elegir el libro.Uno solo. Yo lo leía primero.Después, ella lo abría por el final.Leía la última frase. —Para saber si merece la pena —decía, con media sonrisa. Gracias a eso conocí a Jane Austen, que no escribe sobre el amor, sino sobre la espera, la dignidad, y lo que se guarda.Leí también a Stephen King, pero ese era un viaje mío.Mi madre prefería otras formas de temblor.Nos aficionamos a las sagas.Leíamos por turnos. Como si entre las dos, estuviésemos bordando la misma historia, desde […]
#AmorSilencioso
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