Volare Faltaban dos minutos para las ocho. En la cabina de Radio Ráfaga, donde el viento parecía colarse incluso cuando no soplaba fuera, reinaba ese caos controlado tan propio de las mañanas. Rebeca Márquez, enfundada en un vestido color vino y una bufanda de seda que bien podría haber comprado en un mercadillo de Palermo, hojeaba un poemario con la solemnidad de quien prepara una revelación.Luis, frente a la consola, ajustaba botones con la resignación serena de quien ya ha perdido demasiadas batallas contra lo inesperado.Diana, en su rincón habitual, escribía en su cuaderno con el ceño fruncido, sabiendo que la paz duraría lo que un espresso mal servido. —¿De verdad vamos a empezar con una canción napolitana? —murmuró Luis, sin levantar la vista. —Naturalmente —respondió Rebeca, con esa media sonrisa que anunciaba tormenta—. Hoy no es un lunes cualquiera. Hoy… nos vamos a Italia. Diana alzó la mirada, despacio. —¿Cómo que “nos vamos”? —La Asociación Dante Alighieri ha hablado. ¿Recordáis aquel concurso de poesía? Pues bien: lo ganamos. Dos billetes a Italia. —¿Dos? —Uno para mí, por supuesto. Y el otro, para ti, hija mía. Nos lo hemos ganado. Por la cultura, la emoción… y, al parecer, mi anécdota […]
#MadreEHija
Mi madre cose.No por entretenerse. No por llenar el tiempo.Cose como se cuida algo que importa.La tela en sus manos avanza sin ruido. El hilo, fino, seguro, atraviesa el día. Yo no aprendí a bordar.Lo mío eran los cuadros de medio punto. Seguir el dibujo impreso, puntada a puntada, confiando en que el sentido llegaría al final.Nos sentábamos juntas en la terraza del jardín.Ella con su bastidor.Yo con mi labor entre las manos.Y más allá, en la quietud, el limonero.Inmóvil. Fiel.Como ciertas cosas que no hacen falta nombrar. Las tardes eran lentas.En la cocina, el arroz con leche se enfriaba en cuencos de loza.A veces hablábamos.A veces no.El silencio también era nuestro. Leíamos.Mi madre me dejaba elegir el libro.Uno solo. Yo lo leía primero.Después, ella lo abría por el final.Leía la última frase. —Para saber si merece la pena —decía, con media sonrisa. Gracias a eso conocí a Jane Austen, que no escribe sobre el amor, sino sobre la espera, la dignidad, y lo que se guarda.Leí también a Stephen King, pero ese era un viaje mío.Mi madre prefería otras formas de temblor.Nos aficionamos a las sagas.Leíamos por turnos. Como si entre las dos, estuviésemos bordando la misma historia, desde […]