Volare Faltaban dos minutos para las ocho. En la cabina de Radio Ráfaga, donde el viento parecía colarse incluso cuando no soplaba fuera, reinaba ese caos controlado tan propio de las mañanas. Rebeca Márquez, enfundada en un vestido color vino y una bufanda de seda que bien podría haber comprado en un mercadillo de Palermo, hojeaba un poemario con la solemnidad de quien prepara una revelación.Luis, frente a la consola, ajustaba botones con la resignación serena de quien ya ha perdido demasiadas batallas contra lo inesperado.Diana, en su rincón habitual, escribía en su cuaderno con el ceño fruncido, sabiendo que la paz duraría lo que un espresso mal servido. —¿De verdad vamos a empezar con una canción napolitana? —murmuró Luis, sin levantar la vista. —Naturalmente —respondió Rebeca, con esa media sonrisa que anunciaba tormenta—. Hoy no es un lunes cualquiera. Hoy… nos vamos a Italia. Diana alzó la mirada, despacio. —¿Cómo que “nos vamos”? —La Asociación Dante Alighieri ha hablado. ¿Recordáis aquel concurso de poesía? Pues bien: lo ganamos. Dos billetes a Italia. —¿Dos? —Uno para mí, por supuesto. Y el otro, para ti, hija mía. Nos lo hemos ganado. Por la cultura, la emoción… y, al parecer, mi anécdota […]
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Momo es una de mis novelas favoritas de fantasía, y esta reseña contiene algunos spoilers. No es solo una historia sobre una niña especial y los hombres grises; es una experiencia sensorial que invita al lector a sentir el tiempo, escuchar el silencio y abrazar el valor de la amistad. Me cautivó profundamente por su ternura, su profundidad y la manera en que logra tocar el corazón. El tiempo se convierte en un protagonista silencioso. Se percibe como un susurro constante, suave cuando Momo escucha a sus amigos, pero áspero y pesado cuando los hombres grises roban minutos y horas. El lector siente la presión del tiempo robado en la prisa de los personajes y en las ciudades grises y vacías, donde la calidez humana se desvanece. En Momo, el silencio no es vacío; es plenitud. Es en el silencio donde Momo mejor escucha, donde las emociones y pensamientos de los demás encuentran espacio para florecer. El lector siente ese silencio casi táctil en los encuentros más íntimos, como si pudiera oír el latido del mundo. Cuando los hombres grises invaden, ese silencio se vuelve frío y hueco, cargado de ausencias. La amistad es un refugio sensorial. Se percibe en […]