Capítulo 8: El vidrio y la carne El aire del cementerio era espeso como un secreto enterrado.No frío.No húmedo.Cargado de cosas que se resistían a ser olvidadas. Había silencio, pero no paz.Los árboles desnudos temblaban sin viento.Las lápidas estaban cubiertas de líquenes viejos, como si el tiempo mismo se hubiese detenido a morir allí. Alicia caminaba entre tumbas agrietadas y nombres comidos por la piedra.Había estado en sitios abandonados, sí.Pero este lugar no estaba vacío:estaba saturado.De memoria.De espera.De algo que aún respiraba… bajo. El lazo rojo en su muñeca latía.No como adorno.Como pulso ajeno. Entre dos nichos vencidos por los años, el lazo se tensó.Tiró de ella con la urgencia de lo inevitable. Y entonces lo vio. Una estructura hundida en la tierra.Negra, rugosa, como un fragmento de noche mineralizada.Sin nombre.Sin flores.Solo ausencia acumulada. Una puerta de hierro oxidado.Y al centro, grabado con la crudeza de un símbolo ritual:el espiral del lazo. Idéntico al suyo. Alicia alzó la mano.El metal vibró bajo su palma.Tibio.Como si recordara su tacto. Empujó. Sin chirrido.Sin crujido. Solo un sonido húmedo.Un suspiro espeso.Como si algo dentro hubiera esperado siglos para ser tocado de nuevo. El mausoleo la recibió con un aire detenido.No denso.No frío.Simplemente… sin […]
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